sábado, 19 de noviembre de 2016

EL PAPEL PINTADO AMARILLO. Charlotte Perkins Gilman y la psiquiatría patriarcal

Seguimos con la reflexión antropológica acerca de ciencia y literatura. En la primera entrada de esta serie abordábamos la figura del monstruo y su problemática relación con su creador, un científico soberbio que desafía a Dios pretendiendo suplantar su papel. Éste es un elemento estructural que se encuentra presente del mismo modo en las entradas dedicadas a los androides y los robots, en Blade runner y Metrópolis. Pero existe un segundo hilo conductor que relaciona a los monstruos y a los robots, en cuanto que unos y otros son dobles deformados, ya sea de sus propios creadores (Frankenstein, Mr. Hyde, el Hombre invisible) o de otro personaje de la historia (la mujer perversa y el ángel del hogar en Metrópolis). En todas las obras examinadas hemos podido atisbar igualmente un nuevo espacio, el laboratorio, en el que se hicieron realidad las fantasías y temores más acendrados de la sociedad occidental en el siglo XIX, como reacción a los peligros del tecnocientifismo. Existía una actitud ambivalente ante los asombrosos avances de la ciencia, pues atemorizaba su potencial destructivo y, en particular, la teoría de la evolución se percibía como un enorme desafío para la ideología tradicional. En esta nueva entrada pretendemos dar otra vuelta de tuerca a esa idea del laboratorio como lugar antropológico: ¿y si, en lugar de limitarse a ser un dominio espacial acotado, la propia sociedad se hubiese convertido en un gigantesco laboratorio, en un espacio totalmente medicalizado en el que experimentar con los cuerpos y las mentes de las mujeres, hasta convertirlas en dobles monstruosos de los hombres? Para reflexionar sobre la cuestión vamos a rescatar la figura del doble, esta vez una prisionera en el manicomio que realmente era la opresora sociedad patriarcal de fin de siglo. Y lo vamos hacer de la mano de una espléndida pero un tanto desconocida autora, Charlotte Perkins Gilman (1860-1934), con su obra El papel pintado amarillo (1891).

The Yellow Wallpaper
Este relato cuenta la terrible historia de una mujer que, aquejada de una depresión postparto, pasa un verano en una solitaria mansión colonial como parte de su tratamiento curativo. La protagonista está casada con un médico que, sin atender a su voluntad, escoge esa casa sombría y se empeña en confinarla en una horrible habitación durante tres largos meses. Para ello se ampara en su doble autoridad de esposo y médico. A la nerviosa protagonista le exaspera aquel cuarto enrejado y el horroroso papel amarillo de sus paredes. Pero, sobre todo, le causa una enorme desazón no poder escribir, pues la esencia de su cura es el reposo intelectual y una soledad absoluta. Su aversión al papel pintado amarillo es, en realidad, un síntoma físico, la somatización del tremendo malestar que esa terapia le produce y que no se atreve a reconocer a nivel consciente. En un arranque de rebeldía, la protagonista, que es también la narradora de la historia, decide llevar secretamente un diario porque siente alivio al expresar sus conflictivos pensamientos. Constantemente vigilada por su esposo y por la hermana de este, y alejada de su hijo recién nacido, sola y sin nada que hacer, llega a obsesionarse con las extrañas volutas que observa en el tapiz amarillo de la pared. Presa de alucinaciones cada vez más intensas, intuye que esas líneas sinuosas las mueve una figura de mujer que está atrapada dentro del papel pero que logra escaparse por las noches, aunque sólo consigue andar arrastrándose. En su irreversible avance hacia la demencia, la protagonista descubre a otras muchas mujeres prisioneras del papel amarillo y, cuando su estancia en la casa encantada está a punto de acabar, y ya totalmente enajenada, arranca salvajemente el papel de la pared para liberarlas.

La Nueva Mujer y la sociedad medicalizada
Ese cuento causó extrañeza cuando fue publicado en 1891. Un médico opinó que su lectura era capaz de trastornar a cualquier persona, mientras que otro lo consideró la mejor descripción de la locura que jamás había leído. No debe extrañarnos porque la propia autora había sufrido en sus carnes esa desasosegante terapia del encefalograma plano y que, no casualmente, sólo se experimentaba con el género femenino. Hacia 1880-1890 una oleada de feminismo recorrió el mundo occidental, instalando en la mente de muchas mujeres la ilusión de una vida independiente del control patriarcal, más plena y creativa. El resultado fue la aparición de la New Woman, que se ponía como meta la mejora en su educación, el acceso al trabajo, la libertad de decidir su destino, el fin del oprimente corsé… Esas legítimas aspiraciones no tardaron en chocar con el rechazo social. El resultado fue una auténtica epidemia de desórdenes nerviosos en estas mujeres, disociadas entre sus expectativas vitales y las escasas posibilidades de realizarlas. La anorexia, la histeria, la neurastenia… producto de tal confrontación, llenaron los consultorios y los manicomios de pacientes mayoritariamente del sexo femenino. Como revela Elaine Showalter en su revolucionario ensayo The Female Malady (1981), la psiquiatría de la época, de corte darwinista, interpretó esa insania mental femenina como la regresión a un periodo evolutivo anterior de la humanidad, como si la mujer volviese, por su naturaleza instintiva, a la fase primitiva a la que en realidad pertenecía y de la que no podía salir, en contraste con el hombre, siempre mentalmente más avanzado. El elemento de comparación era el ideal victoriano de feminidad pero el problema no se limitaba a Inglaterra. También en Norteamérica la salud del cuerpo político se hacía depender de la estabilidad del núcleo familiar, pues se entendía que su disolución  podía ocasionar la muerte del estado. Ello justificaba el sacrificio de ser un espejo de virtudes impuesto a la esposa en bien de su marido, de los hijos y de un ideal político más elevado. Por supuesto, esa renuncia, esa disciplina ética, solo se exigía a la mujer. En El papel pintado amarillo la autora satiriza la hipocresía escondida en ese doble estándar moral. El esposo la abandona para pasar cada vez más noches en la ciudad, y la ingenua protagonista cree ciegamente que ello es debido a que tiene muchos casos médicos que atender.
Para comprobar la tortuosa relación entre el darwinismo y la visión fin de siècle de la enfermedad mental femenina, conviene repasar algunos aspectos de la idea de mujer vigente entonces en la sociedad occidental. En El origen del hombre (1871), Darwin había afirmado la superioridad del varón sobre la mujer, en energía e intelecto, por su mayor capacidad para el arte, la ciencia y la filosofía, mientras que la mujer destacaba en intuición, percepción e imitación por su metabolismo pasivo y menos energético, lo que la situaba en un escalón evolutivo más bajo. La medicina de la época, exclusivamente ejercida por hombres, afirmaba que la gran cantidad de energía que el cuerpo de la mujer emplea en la menstruación impedía su desperdicio en actividades intelectuales. Incluso se pensaba que éstas podían causar epilepsia o un shock mental a las mujeres, o producir daños irreparables a su capacidad reproductora debida a la atrofia de los senos y la esterilidad. Desde la prejuiciada visión de la ciencia médica de entonces, estas mujeres liberadas se convertían en seres monstruosos: en su deseo emancipador, no llegaban a convertirse en hombres pero tampoco podían ya cumplir la función que la naturaleza les había encomendado. La solución era confinar a la mujer, con el pleno respaldo científico, a unos estrechos roles de género que la identificaban con sus órganos reproductivos. Su trabajo debía ser, exclusivamente, la maternidad y el hogar, y el sacrificio en interés del varón. A las que se atrevían a discutir el poder patriarcal las encerraban en asilos e instituciones mentales. La solución para la histeria, como se la conocía en Europa, o la neurastenia, nombre que recibió en América, pasaba por un abandono radical del trabajo intelectual, con sumisión total a la autoridad del Doctor, representante por antonomasia del género masculino. El ejemplo más famoso de esa terapia fue el desarrollado, tras la guerra civil americana, por el distinguido neurobiólogo norteamericano Silas Weir Mitchell. Consistía en aislar a la paciente de su familia y amigos-sus redes de apoyo- y someterla a masajes, electricidad, descanso y dieta. Si este sistema fallaba, la solución a la resistencia pasaba por ingresar a la mujer en una clínica para asegurar su inmovilidad total y su alimentación forzada. Con ello se pretendía garantizar la ciega obediencia a la figura del médico carismático y dictatorial. Las pacientes rebeldes quedaban así infantilizadas y se las reeducaba para provocar en ellas una suerte de renacimiento espiritual. Este sistema empezó a aplicarse también en Inglaterra en la década de 1880 y Dios sabe cuántos trastornos causó o agravó a un lado y otro del Atlántico. Tal fue el caso de la escritora Charlotte Perkins Gilman quien, tras tres meses de tratamiento en los que sólo se le autorizaban dos horas de lectura al día y, sometida el cruel imperativo de no volver a escribir jamás, llegó al borde de la demencia. La autora contó su traumática experiencia en The Yellow Wallpaper aunque magnificándola en su parte final pues ella, por suerte, no llegó a padecer alucinaciones y fue capaz de poner fin a aquel castrador experimento. De hecho, en el cuento se menciona al propio doctor Mitchell y, en su autobiografía, publicada en 1931, Charlotte confesó que su intención al escribir esta dramática historia fue ayudar a tantas mujeres que habían padecido un tormento semejante y obligar a Mitchell a cesar en aquel despropósito. Para ello le envió una copia de su relato y, de hecho, consiguió que su “verdugo” dejara de aplicar la tortura del reposo mental.

No deberíamos olvidar que, en estas mismas fechas, se estaba produciendo en el sistema penitenciario inglés una frontal violación de la libertad de las mujeres para decidir sobre su propio cuerpo, como medio de acallar las protestas de las sufragistas. Las prisioneras en huelga de hambre eran liberadas para evitar la publicidad a su causa y que el Estado tuviese que abonar indemnizaciones. Con ello las sufragetes conseguían hacer más visibles sus campañas y, además, volver a la línea de combate sin cumplir sus condenas. Para atajar estas desventajas para sus propósitos represores, el Gobierno inglés ordenó que las huelguistas fuesen alimentadas a la fuerza. Emmeline Pankhurst, líder del movimiento sufragista, escribió que la prisión "se convirtió en un lugar de horrores y tormentos. Escenas repugnantes de violencia tenían lugar a cada hora del día, mientras los doctores iban de celda en celda efectuando su horrible trabajo”. Éste consistía en alimentar a las huelguistas por vía nasal u oral, utilizando para ello unas mordazas de acero que conseguían mantenerlas con la boca abierta. Atadas a sillas y sometidas a una fuerza considerable, el proceso debía de resultar dolorosísimo. Emmeline escribió en su diario que nunca conseguiría olvidar el sufrimiento de las mujeres, con los gritos que taladraban sus oídos. Muchas sufrían a corto plazo daños en los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso, e incluso pleuritis o neumonía por defectuosa colocación del tubo y, a largo plazo, arrastraban unos sufrimientos físicos y psíquicos perdurables, como puede verse en la película Sufragistas (2015).

La Casa-Manicomio
Como resulta obvio, el relato de Charlotte Perkins Gilman bebe de las fuentes de la literatura gótica, en la que la casa siempre parece tener una vida propia capaz de trastornar los destinos de los personajes. Al principio del relato, la protagonista se sorprende de que el alquiler de la casa fuese tan barato. Sabe que aquella mansión colonial llevaba mucho tiempo sin alquilar pero lo atribuye a una disputa entre los herederos. La narradora especula acerca de los usos que habría recibido la dependencia superior donde se encuentra encerrada. Inicialmente debió de ser el cuarto de los niños que, con sus juegos, habrían destrozado horriblemente el papel en algunos rincones, y después debieron de convertirla en un gimnasio, vistas las anillas que cuelgan de las paredes. Sólo el lector alcanza a comprender que, en realidad, aquella enigmática casa, ubicada en un solitario paraje, fue en otros tiempos un manicomio, y los fantasmas de las locas no tardan en materializarse en la febril imaginación de la protagonista:
"Hay cosas en ese papel que nadie conoce, ni conocerá, excepto yo.
Detrás de ese dibujo principal, las formas tenues se vuelven más nítidas con el paso de los días.
La forma es siempre la misma, solo que se repite muchas veces.
Y se trata de una especie de mujer que se encorva y se arrastra por todos los lados tras ese dibujo. Esto no me gusta nada. Me pregunto si..., empiezo a pensar que..., ojalá John me sacara de aquí".
El papel pintado amarillo, pag.37.
Pese a que las habitaciones de la planta baja son mejores, el esposo se empeña en que ella permanezca en el piso de arriba, con el pretexto de ser más luminoso, grande y aireado. A la enferma le horroriza el estado de conservación de las paredes y su espantoso color amarillo sulfuroso. Sin embargo, su tiránico marido tacha de irracionales sus aprehensiones y, poniendo siempre por delante consideraciones pragmáticas, le advierte que el trimestre que van a pasar allí no justifica gastos adicionales en pintura. La sensibilidad a flor de piel de la protagonista se exacerba con la constante visión de aquel papel desvaído, y se trastorna cada vez más con su misterioso dibujo, en el que no encuentra ningún patrón reconocible. De hecho, existe una enfermedad denominada xantofobia, el miedo irracional al color amarillo, que es capaz de provocar una grave ansiedad y alteraciones emocionales ante el temor de que algo malo va a suceder. Presa de una fuerte sinestesia, la protagonista experimenta la obsesión por el amarillo, simultáneamente, con la vista y con el olfato. Hasta piensa en quemar la casa cuando detecta que un olor "amarillo" está impregnando todas las habitaciones, lo que nos pone sobre la pista de una de las locas literarias más famosas, Bertha Mason, la esposa criolla de Edward Rochester, el amor de la feucha Jane Eyre. Sólo cuando Bertha, presa de incontenibles celos, prende fuego a la mansión señorial y muere en el incendio, libera a los atribulados protagonistas para vivir el verdadero amor. Susan Gilbert y Sandra Gubar, en el innovador texto La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria en el siglo XIX (1979), abordan el análisis de los conflictos que las escritoras decimonónicas sublimaron en estos personajes femeninos trastornados, vertiendo en ellos su potencia creadora reprimida y su rebeldía contra el establishment masculino. Y, por supuesto, no dejaron fuera de su estudio a El papel pintado amarillo, con su loca en el piso de arriba que se obsesiona imaginando que hay en él unos ojos bulbosos que la miran del revés, para acabar vislumbrando en su interior una multitud de figuras femeninas atrapadas y reptantes, una parábola de las locas de los manicomios y de las mujeres de la sociedad de su época, que sólo podían avanzar suplicando y que debían arrastrarse metafóricamente para obtener un mínimo de independencia. Aunque durante el día la narradora trata de mantener encerrada a la perturbadora figura femenina tras el demencial dibujo en el papel, cuando la espía por la noche, a la luz de la luna-el dominio femenino por excelencia-, ve cómo sacude su yugo para liberarse. Es también una alegoría de que la protagonista trata de reprimir su pasión escritora para amoldarse a las exigencias del Doctor-Esposo. Su cuñada Jennie hace de enfermera y estricta gobernanta, lo que debe entenderse como una crítica a que las propias mujeres actuaban como las vigilantes más rigurosas para que se cumpliera la ortodoxia patriarcal. Pero, pese a los intentos del doctor y la enfermera, y de la propia Jane, el nombre de la narradora, la loca secuestrada en el desván acaba por escaparse y se adueña de la situación, aunque al precio de la fuga de la realidad. Otro detalle literario muy interesante es que, al igual que El Dr. Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson, se trata de una historia detectivesca en la que la autora se obsesiona con descubrir la identidad de la figura atrapada que, en realidad, es su doble, la parte rebelde de ella misma que se empeña en negar.

La literatura femenina como territorio para la lucha de los sexos
Una de las características más destacadas de esta narración es su decidida vocación de estilo. La frase es corta y los párrafos son cada vez más breves, porque la narradora debe escribir apresuradamente para avanzar en su relato antes de que la descubran sus carceleros. La escritura la ayuda a ordenar las confusas pistas que va descubriendo poco a poco. Ésa escritura es su catarsis emocional. La alivia pero a la vez la angustia porque sabe que está desobedeciendo las instrucciones médicas, que está siendo infiel al tratamiento impuesto por el esposo, lo que la hace sentirse culpable. Ella sabe que su mejor terapia sería una vida animada, rodeada de amigos, con mucha actividad intelectual pero su yo consciente es incapaz de liberarse. Solo lo consigue su subconsciente, con el retorno de lo reprimido, la mujer atrapada en el irritante papel que, al final, consigue adueñarse de la situación. En un texto verdaderamente trascendental sobre mujer y ficción, Una habitación propia (1929), Virginia Woolf se interroga acerca de la existencia de una frase característicamente femenina, diferente a la masculina y capaz de expresar la idiosincrasia de las mujeres escritoras. De hecho, las interrupciones que tanto teme la narradora de El papel pintado amarillo son uno de los elementos más característicos que se atribuyen a la literatura femenina del siglo XIX. Entonces se entendía que la mujer sólo podía dedicarse a escribir si no tenía otra obligación doméstica más importante que atender. Es sabido que Jane Austen carecía de un espacio propio para dar vida a sus personajes y argumentos. Escribía en la sala común del hogar paterno y tenía que esconder a toda prisa sus escritos de la vista de su padre y de las visitas. Esta falta de continuidad dificultaba que las autoras pudieran abordar un género que se considera típicamente masculino, la novela, que exige una importante inversión de tiempo para la planificación y el desarrollo más extenso y elaborado del engranaje de las acciones y los personajes, lo que quedaba fuera del alcance de la mayoría de estas escritoras decimonónicas a tiempo parcial. Ese es el motivo de que, entre su producción, predomine el relato corto, como en el caso de Charlotte Perkins Gilman, cuya impresionante miniatura literaria logra contar una historia tan grande como la vida misma.
También nos sirve la referencia a la obra de Virginia Woolf para reflexionar acerca de las condiciones esenciales para la creatividad femenina. Jane, la narradora de El papel pintado amarillo, dispone de una habitación propia, mucho tiempo libre y dinero, pero carece de lo fundamental: la libertad para dedicarse a crear. Sobre la desigualdad de género en materia literaria es impresionante el relato que hace Woolf del triste sino de Judith, la imaginaria hermana gemela de Shakespeare. En este año del centenario de la muerte del excelso dramaturgo inglés está muy bien dedicar unos instantes a reflexionar por qué no celebramos igualmente la muerte de autoras de talla tan gigantesca como Cervantes o Shakespeare. Su gemela Judith, igual en todo excepto en su sexo, estaba dotada de tanto talento, de la misma curiosidad y de igual deseo de conocer el mundo que su hermano William, pero se le negó el acceso a la cultura. No la mandaron a la escuela, le desmotivaron en su afán por aprender y narrar. Judith, no obstante, escribe secretamente, avergonzándose de ello porque sabe que contraría la voluntad paterna. La familia la promete muy joven para casarse y, cuando ella se niega, su querido padre la golpea. Sin haber cumplido todavía los 17 años escapa a Londres con la idea de ganarse la vida escribiendo, pero la gran ciudad no tiene un lugar para esta escritora, que ama las palabras y la vida del teatro tanto como su hermano. Cuando revela su propósito de ganarse la vida actuando, los hombres se ríen en su cara. Ninguna mujer puede hacerlo en Inglaterra, los varones las suplantan en el escenario. Quizá entonces Judith deambuló a medianoche por las lóbregas calles londinenses para ganarse un mendrugo de pan. Al final, embarazada y sola, se da cuenta de la trampa en que está atrapada y, presa de la desesperación, se suicida una fría noche de invierno. Es una historia con algunos puntos en común con la de Jane, el personaje que nos presenta Charlotte Perkins Gilman en The Yellow Wallpaper, el alter ego de la propia escritora. Como advierte Virginia Woolf, que también experimentó en sus carnes la prohibición de escribir, cualquier mujer en el siglo XVI con un don para la escritura se habría vuelto loca, disparado o habría acabado sus días en una casa solitaria fuera de la ciudad, calificada como medio bruja, temida y burlada. La tortura de verse arrastrada lejos de sus propios instintos y facultades la habría llevado a la insania mental, que es justo lo que le sucede a la narradora de El papel pintado amarillo. Como vemos, la situación había cambiado realmente muy poco durante 300 años, pero la argumentación para mantener apartadas a las mujeres de la creación literaria se había refinado, revistiéndola de premisas científicas que se aceptaban como el nuevo dogma de fe. La mujer fue víctima del darwinismo rampante, el conejillo de indias en aquel inmenso laboratorio social en el que se pusieron en práctica toda suerte de teorías y prácticas para dominarlas.

Charlotte Perkins Gilman, o cómo ser feliz escribiendo

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Quisiera dedicar esta entrada a mi querida compañera de estudios y de escrituras en la red, Mari Angeles Boix Ballester. Por muchos años más de ilusiones compartidas.

Enlaces sugeridos:

-A la versión en castellano del relato :http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/perkins01.html Pero no dejéis de leer la versión en inglés para captar la estupenda prosa de la autora: https://www.nlm.nih.gov/literatureofprescription/exhibitionAssets/digitalDocs/The-Yellow-Wall-Paper.pdf

-A una biografía de Charlotte Perkins Gilman elaborada para complementar esta entrada:http://mujeresparalahistoria.blogspot.com.es/2016/11/charlotte-perkins-gilman-y-la-new-woman.html

-A las demás entradas de esta serie:

Fuentes consultadas:
Gilman, Charlotte Perkins: El papel pintado amarillo. Edición bilingüe. Editorial Contraseña, 2012.
-Goodman, Lizbeth (ed.): Literature and Gender. Routledge, 1996.
-Showalter, Elaine: The Female Malady. Women, Madness and English Culture, 1830-1980. Virago Press, 2014.
-Woolf, Virginia: Una habitación propia. Ed. Seix Barral, 1986.
-Sparknotes: The Yellow Wallpaper.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

CHARLOTTE PERKINS GILMAN Y LA "NEW WOMAN"


La historia-que, como sabemos, siempre la escriben quienes vencen o dominan-, cubre con un manto de ominoso silencio a los que desafían el orden establecido. Por eso no resulta extraño que condenase al olvido a una figura inmensa, la de Charlotte Perkins Gilman. Sus ideas y actitudes nos resultan hoy totalmente cercanas pero fueron de una modernidad peligrosamente radical hace 100 años. Aunque su memoria ya fue rescatada por el feminismo de los años 70, continúa siendo bastante desconocida en el ámbito hispánico. Os invito a descubrir, o a conocer mejor, a esta impresionante creadora y pensadora. No os defraudará.
Nace la "Nueva Mujer"
Charlotte Perkins Gilman nació en Hartford, Connecticut, el 3 de julio de 1860. Su padre pronto abandonó a la familia, que se quedó sin medios de vida. Por ello Charlotte creció con sus tías maternas, lo cual resultó una verdadera suerte para su futuro porque se trataba de verdaderas activistas políticas, que le servirían como modelo femenino de referencia. Una de ellas era la célebre Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom (1852), a quien el presidente Lincoln calificó como la mujercita que encendió la mecha de la guerra civil americana en favor de la democracia y la igualdad entre blancos y negros.La otra, Isabella Beecher Hooker, quizá no  es tan famosa como la anterior pero en su época fue una gran conferenciante y líder del movimiento sufragista.

Aunque Charlotte estudió un año en la Escuela de Diseño de Rhode Island, su formación fue mayormente autodidacta. Pronto demostró unas desmesuradas dotes intelectuales. Escribió ficción, poesía y ensayo, impartió conferencias y su talento era tan grande que, en una época que marginaba a la mujer al ámbito estrictamente doméstico, le permitió vivir de su trabajo. Era una reformista que ejemplificó con su persona el modelo para la "New Woman", la "Nueva Mujer". Vestida con su característico atuendo amplio y cómodo, libre del opresor corsé, Charlotte practicaba deporte, le encantaba caminar al aire libre y tomar baños fríos tonificantes. Asistía a clubs de lectura, estudiaba idiomas y se interesaba tanto por la historia como por las ciencias. Con una vida tan activa, meditó mucho la decisión de casarse, pues temía que las obligaciones familiares pudieran acabar con su libertad. Al final contrajo matrimonio, en 1882, con Charles Walter Stettson, un pintor colorista (de ambientes típicos americanos). Y, como era de esperar, Charlotte acabó sufriendo una severa depresión, al verse limitada en sus aspiraciones intelectuales tras el nacimiento de su primera hija cuando tenía 25 años.
El período amarillo
Durante tres largos años, Charlotte soportó los embates de una grave crisis nerviosa. Ante aquella situación cronificada, recurrió a la ayuda del especialista más renombrado del país, el neurobiólogo Silas Weir Mitchell. Sin embargo, su reconocido tratamiento, que prescribía un reposo mental absoluto, acarreó el derrumbe psicológico definitivo a la hiperactiva Charlotte, llevándola a las puertas de la locura. Si la autora sufría intensamente al no poder dedicarse a sus aficiones intelectuales en la forma para la que estaba tan preparada, prohibirle la escritura resultó el mazazo definitivo para su salud. Al cabo de tres meses de tratamiento, presa de una total postración, con continuas crisis de llanto, una amiga le ayudó a pasar página en su vida. Abandonó no sólo aquella perniciosa cura sino también a su marido, una decisión verdaderamente insólita para la época. Muchos años después, y al objeto de ayudar a otras mujeres en su misma situación, Charlotte narró su penosa experiencia en un relato magistral, El papel pintado amarillo (1891). En él, la protagonista se adentra por los senderos del extravío mental por culpa de un tratamiento que le impide toda actividad intelectual. En su autobiografía, publicada en 1935, Charlotte recalcó que al escribir esa historia pretendía evitar que la espantosa cura arruinara la vida de más mujeres. Con ese fin, envió el cuento al doctor Mitchell quien, captando la indirecta, dejó de prescribir aquella castradora terapia.
Para conocer mejor esta fascinante obra, os propongo estos enlaces:
-A una entrada sobre feminismo, darwinismo y la ciencia médica en El papel pintado amarillo:http://anthropotopia.blogspot.com.es/2016/11/locas-en-el-laboratorio-el-papel.html
-A la versión en castellano del relato :http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/perkins01.html
-Pero no dejéis de leer la versión en inglés para captar la estupenda prosa de la autora: https://www.nlm.nih.gov/literatureofprescription/exhibitionAssets/digitalDocs/The-Yellow-Wall-Paper.pdf
Una autora feminista
El relato, descubierto por el feminismo de los años 70, se publicó en 1996 y no tardó en incorporarse al nuevo canon literario. Sin duda constituye una lectura imprescindible para comprender aquella etapa de luchas por la libertad creadora de la mujer, libradas cruelmente sobre el campo de batalla de sus cuerpos y mentes. Pero El papel pintado amarillo no fue la única obra feminista de Charlotte. En el conocido poema An obstacle habla de que los prejuicios y la intransigencia, tanto como la falta de apoyo, son los obstáculos que encuentran las mujeres para avanzar en un mundo patriarcal, aunque el final de esta espléndida poesía es más esperanzador que el de The Yellow Wallpaper:
I was climbing up a mountain-path
With many things to do,
Important business of my own,
And other people’s too,
When I ran against a Prejudice

That quite cut off the view.
My work was such as could not wait,
My path quite clearly showed,
My strength and time were limited,
I carried quite a load;
And there that hulking Prejudice
Sat all across the road.
So I spoke to him politely,
For he was huge and high,
And begged that he would move a bit
And let me travel by.
He smiled, but as for moving! —
He didn’t even try.
And then I reasoned quietly
With that colossal mule:
My time was short — no other path —
The mountain winds were cool.
I argued like a Solomon;
He sat there like a fool.
Then I flew into a passion,
and I danced and howled and swore.
I pelted and belabored him
Till I was stiff and sore;
He got as mad as I did —
But he sat there as before.
And then I begged him on my knees;
I might be kneeling still
If so I hoped to move that mass
Of obdurate ill-will —
As well invite the monument
To vacate Bunker Hill!
So I sat before him helpess,
In an ecstasy of woe —
The mountain mists were rising fast,
The sun was sinking slow —
When a sudden inspiration came,
As sudden winds do blow.
I took my hat, I took my stick,
My load I settled fair,
I approached that awful incubus
With an absent-minded air —
And I walked directly through him,

As if he wasn’t there!
Una obra de ficción fundamental en su producción es Herland, traducida como De ellas. Un mundo femenino (1915). En ella describe una sociedad utópica construida a medida de las mujeres, justo lo contrario al panorama androcéntrico de su época, que era el blanco de su aguda sátira. En esta novela denunciaba la injusta e intolerable opresión sobre las mujeres, con el fin de concienciar al público de la necesidad de una amplia reforma para conseguir un mundo más igualitario y feliz. Para ello era imprescindible superar la hipocresía que escondía la visión de la mujer como el ángel del hogar, que permitía recluirla entre cuatro paredes para garantizar la moralidad familiar y social. Por el contrario, la mujer necesitaba un trabajo fuera del hogar y no limitarse a ser un objeto intelectualmente vacío. La autora veía a la indumentaria de la época como una herramienta opresora más, con sus sombreros, zapatos y vestidos, creaciones masculinas que, como ya dijera Mary Woollstonecraft un siglo antes, hacían de la mujer “una esclava coqueta”.

Después de todo lo anterior, quizá resulte curioso constatar que Charlotte no se identificaba como feminista. Para entender esta aparente contradicción es preciso tener en cuenta que ella tenía una visión más amplia y avanzada que el feminismo de la época, principalmente orientado a la obtención del sufragio femenino. Las feministas de la primera ola confiaban en que el reconocimiento de la igualdad política a través del voto generaría por sí sola el cambio social. Charlotte, mucho más ambiciosa y clarividente, aspiraba a una transformación radical de la sociedad como única manera de suprimir la dominación sobre las mujeres.
El activismo social
Cartel de una conferencia impartida por Charlotte
Después de su divorcio en 1894, Charlotte se trasladó a California, donde se entregó a la causa del feminismo y el socialismo utópico, siendo seguidora de Susan B. Anthony y de Elizabeth Caddy Stanton, que había sido una de las promotoras de la trascendental Declaración de Derechos de Seneca Falls, Nueva York, en 1848. Durante cinco años Charlotte participó en un circuito de conferencias por todo el país denunciando el carácter opresor del matrimonio, con sus cargas derivadas de la maternidad y el cuidado del hogar. Se trataba de poner de manifiesto el lugar que la Nueva Mujer podía y debía ocupar en la sociedad.
En 1898 Charlotte publicó su obra teórica más ambiciosa e innovadora, Mujer y economía. Un estudio sobre la relación económica entre hombre y mujer como factor de la evolución social. Basándose en la teoría evolucionista, tan en boga en aquel período, Charlotte contempla el papel asignado a la mujer como una respuesta a las exigencias y los condicionantes del medio social, no como un hecho natural inmodificable. Por ello, concluía que la situación de dependencia de las mujeres podía modificarse incidiendo adecuadamente sobre el diseño de las relaciones sociales. Charlotte destacaba el valor que el trabajo de la mujer podía aportar a la economía capitalista, y que su independencia financiera conllevaría un beneficio para la sociedad en su conjunto. La autora acusaba a los hombres de debilitar la raza al preferir a pequeñas y débiles criaturas como esposas, en lugar de las mujeres fuertes que podían llegar a ser. Pero la escritora no era contraria al trabajo doméstico. Antes al contrario, consideraba que el hogar es un lugar muy propicio para desarrollar las cualidades más humanas, el amor y la ética del cuidado, pero siempre evitando que su estructura y obligaciones conviertan a los niños y a las mujeres en prisioneros, sometidos a un padre y un esposo dominante. También denunciaba la degradación de la mujer a la categoría de mero objeto en las transacciones matrimoniales. Charlotte abordó estas cuestiones en otras obras posteriores, como Concerning Children (1900), The Home: It’s Work and Influence (1903) y en Human Work (1904), siempre bajo presupuestos cercanos a la sociología. Todas estas ideas, finalmente, cobrarían vida literaria en De ellas (1915), que ya hemos mencionado arriba.
Una nueva etapa
Charlotte con su segundo esposo
En 1900 Charlotte contrajo matrimonio con su primo George H. Gilman. Como trabajaba en Wall Street, la escritora se trasladó a vivir a Nueva York, donde continuó con sus inquietudes intelectuales. En 1909 fundó un periódico literario, Forerunner, cuyos artículos escribía ella en su totalidad y que se ocupaban de los asuntos sociales del momento. Sin duda Charlotte fue una blogera avant la lettre. A la muerte repentina de su esposo en 1916 volvió a California para vivir con su hija y su nieto. En 1932, cuando tenía 72 años, le fue diagnosticado un cáncer incurable que le llevaría al suicidio dos años después.

Anticipando el lema feminista de los años 70, Charlotte hizo política de su vida privada. Utilizó de forma subversiva su propia experiencia traumática con la finalidad explícita de transformar la sociedad. Aunque tenemos que felicitarnos de que el rescate de la memoria femenina haya traído de vuelta su figura y su obra, hay que profundizar en ese trabajo haciéndola presente a un público cada vez más amplio.

Fuentes consultadas:
- Gilman, Charlotte Perkins: El papel pintado amarillo. Edición bilingüe. Editorial Contraseña, 2012.
-Goodman, Lizbeth (ed.): Literature and Gender. Routledge, 1996.
-Showalter, Elaine: The Female Malady. Women, Madness and English Culture, 1830-1980. Virago Press, 2014.
-Sparknotes: The Yellow Wall Paper.

martes, 6 de septiembre de 2016

JOSEFINA MANRESA. HEROÍNA DEL SIGLO XX


JOSÉ LOSADA


La fotografía parece sacada de una película neorrealista italiana: la mujer morena y enlutada que mira fijamente a la cámara refleja en su mirada y en la seriedad de su rostro la vivencia de privaciones y sufrimientos enormes. Es fácil imaginar que el niño que la acompaña, desatento al objetivo y seguramente a los sinsabores de la vida, es su hijo; huérfano de padre, si atendemos a su ausencia en el retrato y al luto de la mujer. Sin embargo, no se trata de una ficción, sino de la pura y doliente realidad. Son la viuda y el hijo del poeta Miguel Hernández, tristemente desaparecido  en 1942, cuando estaba preso por sus ideas políticas en la cárcel de Alicante.
Conocemos su larga y cruel enfermedad por múltiples fuentes documentales, entras las que destacan las numerosas cartas escritas por el poeta y  el fruto del trabajo de investigadores como el de J. Guerrero Zamora, que puso en evidencia la arbitrariedad del proceso judicial en el que se vio envuelto, o Ian Gibson, en su destacado libro “Cuatro poetas en guerra”. Lo mismo que el de García Lorca o el de Machado (me refiero a Antonio, pues es sabido que Manuel supo acomodarse bien a los nuevos tiempos), su final fue muy triste. Aún recuerdo que la experimentada periodista Nieves Concostrina no pudo evitar que las lágrimas asomasen a sus ojos al relatar los detalles del fallecimiento de Hernández en una emisión del programa “No es un día cualquiera”  realizada con ocasión del centenario de su nacimiento.
Siempre por detrás de la figura del poeta universal, encontramos la de su compañera; para mí,  auténtica “heroína discreta”, por emplear el concepto felizmente acuñado por Vargas Llosa en una de sus últimas novelas. Salvo la privación del libertad, se  puede decir que Josefina Manresa, que así se llama esta admirable mujer, sufrió las mismas tristezas y privaciones que su marido y, junto con ellas, otras no menos lacerantes. Trataré seguidamente de describirlas, intentando huir del tremendismo, con la intención de retratar a toda una generación de mujeres, víctimas en la inmensa mayoría de los casos de unas circunstancias a las que eran ajenas por completo y que marcaron sus vidas.
Josefina Manresa Marhuenda nació en 1926 en Quesada (Jaén), donde su padre estaba destinado como Guardia Civil. Apenas vivió en esta población andaluza, a la que no volvió hasta los años sesenta después de abandonarla a corta edad. Su vida se desenvolvió principalmente en la provincia de Alicante,  en la  comarca de la Vega Baja  (Orihuela y Cox), en Elda  y, una vez viuda, en Elche.
Después de un corto paso por las aulas, desde muy joven comenzó a contribuir económicamente a la economía familiar, primero trabajando en la fábrica de seda que unos italianos habían instalado en Orihuela  y que dejó por la dureza de las condiciones de trabajo y, sobre todo, porque no era  de su agrado. Poco después  entró a trabajar en un taller de costura con largas jornadas, pero que era más de su gusto. Fue por entonces cuando reparó en un  joven que parecía interesado en su persona. Se trataba del poeta Miguel Hernández, al que al principio simuló no hacer ningún caso, según las convenciones sobre el noviazgo existentes en aquel tiempo.
Convento de Sto. Domingo, Orihuela
La persistencia de Miguel hizo que, junto con los métodos  más tradicionales, como pasearse insistentemente frente al taller, emplease la ofensiva lírica mediante poemas que han pasado a la posterioridad y en los que glosaba el pelo o la tímida sencillez de Josefina. Ya constituido formalmente el noviazgo, y además de los paseos por las calles o los campos próximos a Orihuela, los jóvenes pasaban largas horas de conversación junto a una columna que había en el cuartel de la Guardia Civil, la cual fue objeto de cariñosos recuerdos en algunas cartas intercambiadas después por la pareja.
Las inquietudes artísticas de Miguel hicieron que, cuando ya tenía un poemario y otras obras y escritos publicados, sintiese la necesidad de viajar a Madrid para darse a conocer. Quizás de forma premeditada o acaso involuntariamente, lo cierto es que promovió su  condición de pastor/poeta, que tan novedosa resultaba en la Villa y Corte, acompañándola de una forma de vestir peculiar: espardeñas, pantalones de pana etc. La relación del poeta con el calzado es muy conocida. Gran partidario de las alpargatas, se quejaba de la rigidez de los zapatos que tuvo que calzar en su viaje a la URSS durante la guerra y, ya privado de libertad, cuando su itinerario carcelario lo llevó a ciudades en las que el invierno era muy crudo, se vio obligado a pedir a su esposa que le buscase unas botas.
En Madrid se relacionó con los escritores más conocidos y, después de varias tentativas, consiguió trabajo como colaborador de la  Enciclopedia Taurina que  estaba redactando José Mª de Cossío para la editorial Espasa-Calpe y se estableció de manera definitiva en la capital. La relación con Josefina se resintió por esta situación. Se aprecia claramente en sus cartas el paulatino desinterés del poeta, siempre pretextando exceso de trabajo para justificar que cada vez fueran más cortas y espaciadas, lo cual, por otra parte, no pasaba desapercibido para la protagonista de esta entrada.
Es fácil imaginar a un joven recién llegado de provincias deslumbrado por la gran ciudad y sus círculos literarios. En esa época se relacionó con la pintora gallega Maruja Mallo; ambos protagonizaron un episodio en las riberas del Jarama en el que agentes de la Guardia Civil maltrataron al poeta porque no llevaba, según era su costumbre, la documentación personal. Para desagraviarlo se publicó un manifiesto suscrito por lo más granado de la intelectualidad de la época (José Mª de Cossío, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Rosa Chacel, Alberti, Cernuda, Salinas y otros). Curiosamente, en la carta en la que Miguel narró el incidente a Josefina, omitió la presencia de la pintora.
El restablecimiento de las relaciones de noviazgo fue posible gracias a una carta que Miguel remitió al padre de Josefina rogándole encarecidamente que mediase para que su hija lo aceptara nuevamente. Hermoso ejemplo del género epistolar  que muestra, sin lugar a dudas, su gran interés por recuperar el cariño de su amada, guiado por un amor sincero, una vez superada la  fugaz ofuscación que Madrid produjo en los ojos de un joven provinciano, deseoso de triunfar como poeta y que acabó comprendiendo el verdadero valor de lo que dejó en su Orihuela natal.
La Guerra Civil supuso un verdadero cataclismo en la vida de los españoles  que en 1936 resultaron  afectados de un modo u otro por la contienda. Josefina Manresa no fue una excepción y su vida se vio trastornada para siempre. Su padre había pedido el traslado a Elda con la finalidad de conseguir una mejora en sus condiciones de vida.
 Sin embargo, allí no era conocido y apreciado como en Orihuela. Su hija cuenta en el libro "Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández" que durante una huelga los manifestantes lo atraparon e intentaron tirarlo al río Segura; y lo harían, si no fuese porque se escuchó una voz que decía: “Dejadlo, no veis que es Manresa”. En una de sus cartas Miguel mostraba su preocupación por lo que pudiera ocurrirle en su nuevo destino una vez iniciada la contienda; inquietud que resultó premonitoria ya que, en sus primeros días, fue asesinado cruelmente. De la barbarie del suceso da idea el hecho de que el reconocimiento del cadáver hubiera de hacerse por medio de su ropa y efectos personales, ya que su rostro quedó completamente desfigurado.
En una tesitura tan delicada, quedar sin el sustento de la familia era una auténtica tragedia. Así, la viuda, Josefina y sus cuatro hermanos pequeños tuvieron que sobrevivir en Cox en condiciones pésimas. Esto produjo en Miguel una preocupación constante que le llevó a tomar bajo su protección al hermano varón (Manolo) y a interesarse por la situación de las hermanas menores.
Después de la reconciliación, los sentimientos del poeta se mantuvieron inquebrantables en lo que concierne a su novia. Sus cartas muestran el ansia con la que esperaba los reencuentros y lo duros que se le hacían los períodos de separación. Desde el comienzo de la guerra su compromiso con las fuerzas que luchaban con los sublevados fue total, si bien siempre participó en tareas, como la construcción de defensas o la propaganda, en las que no era precisa su entrada directa en los combates. Su plan era casarse con Josefina en enero de 1937, aunque la situación de la pareja (separados en tiempos de guerra) y la propia movilidad impuesta por su función como promotor cultural dificultaron el cumplimiento de su plan. Por fin, no muy avanzado el citado año se celebró la boda civil y el nuevo matrimonio pasó a residir en Jaén, donde Miguel trabajaba en un periódico de campaña llamado “Altavoz del Frente Sur”. La convivencia duró poco tiempo, pues la esposa se vio obligada a retornar a Cox a causa de la enfermedad de su madre.
 Josefina recordaría con agrado el corto período de vida matrimonial “normal”, aunque emplear ese término en la situación que vivían los cónyuges, y España en general, era, ciertamente, aventurado. A partir de entonces, los períodos de separación fueron más prolongados que los de convivencia y la relación entre los esposos fue mayoritariamente epistolar. En diciembre nació el primero hijo del matrimonio, Manuel Ramón, que prontamente fue arrebatado por la muerte. Sin duda, en su prematuro fallecimiento influyeron las pésimas condiciones sanitarias y de todo tipo en las que la población vivía por entonces.
Siendo como fueron Alicante y su provincia los últimos enclaves en ser “liberados” (por emplear la cruel terminología de los sublevados), la vida de nuestra protagonista se desenvolvía con las incertidumbres y carencias propias de la zona republicana (en enero de 1939 había nacido su segundo hijo). El fin de la contienda no supuso una mejora en sus condiciones de vida. A las dificultades comunes para todos los españoles se sumaba su condición de esposa de un conocido republicano. Miguel Hernández, consciente del riesgo que corría si volvía a su ciudad natal, intentó salir de España por la frontera portuguesa pero, debido a su falta de recursos, fue prontamente detenido y devuelto a España en Rosal de la Frontera (Huelva). Allí recibió una tremenda paliza y puede decirse que comenzó la última y definitiva etapa de su vida, marcada por la pérdida de libertad, las privaciones y una cruel enfermedad que lo llevó a la muerte. Josefina asumió entonces el papel de la esposa de un preso. Lo desempeñó con gran entereza y dignidad, ayudando a su marido en todo cuanto sus escasos recursos se lo permitían (a veces, yendo más allá), al tiempo que criaba a su segundo hijo a costa de enormes privaciones. Como indestructible monumento poético nos quedan “Las nanas de la cebolla”, escritas por el poeta tras saber que su esposa, que amamantaba al hijo de la pareja, solamente tenía cebollas para comer.
El periplo carcelario de Miguel Hernández lo llevó a Madrid, donde alguno de sus amigos pudieron prestarle ayuda, tanto por lo que se refiere a su situación penitenciaria como a la aportación de los recursos económicos que tan necesarios eran para su familia. Se dice que, gracias a los buenos oficios de esas amistades (entre los que destacaría a José María de Cossío), fue puesto en libertad. En lugar de huir o esconderse en Madrid, corrió a reunirse con su esposa y su hijo. Tras unos días en Orihuela, fue denunciado por uno  de sus vecinos, detenido e ingresado en una prisión de la misma ciudad. En una de sus cartas se quejaba, no sin cierta sorna, de la dureza del trato que sus paisanos le dispensaron.
Los procesos seguidos contra el poeta fueron objeto de estudio con el paso de los años. El tramitado en Orihuela estuvo a cargo de Cerdán Tato y de Gutiérrez Carbonell (si bien éste último comprende también su expediente carcelario). Al seguido en Madrid pudo acceder J. Guerrero Zamora. Con algo de rabia observamos cómo las pruebas que posibilitaron  su condena a muerte se limitaron a sus escritos de propaganda y su presencia durante la toma del Santuario de Nuestra Sra. de la Cabeza. También vemos que la sentencia que le impone tan terrible e injustificable pena  apenas está fundamentada y  es un modelo prefigurado de antemano. Nuevamente, las gestiones de los amigos, junto a alguna presión internacional y el miedo del nuevo régimen  a que surgiera otro “poeta mártir”, consiguieron la conmutación de la pena capital por una también excesiva pena de prisión. 
Parece que, durante su estancia en la prisión de Palencia, contrajo la enfermedad pulmonar que acabó con él. 
Nada dice de ello en las cartas que escribió a Josefina, salvo en cuanto al intenso frío que sufría y a la necesidad de unas botas. No es de extrañar, pues en la lectura de las remitidas durante largos meses se observa su esfuerzo por evitar a su esposa los detalles más penosos de su existencia: la condena a muerte, las privaciones y, en fin, su cada vez más débil salud. Mientras tanto, su mujer se afanaba en ayudarle en cuanto podía, fuese consiguiendo informes favorables para presentar en su proceso (merece especial comentario el que emitió el canónigo Almarcha, que consideraba al poeta como susceptible de “regeneración”, lo que éste interpretó como acusación de degenerado por sus ideas), o enviándole comida y ropa. A cambio, el esposo le enviaba los juguetes que construía en la cárcel para su hijo (alguno de los cuales todavía se conserva). Fuera de eso, la vida de Josefina se desenvolvía en medio de grandes privaciones, precisando de la ayuda de parientes, amigos y conocidos. El poeta, consciente  de su necesidad, la exhortaba a pedirles auxilio sin vergüenza ninguna. La esperanza en un futuro en el que la familia estuviese reunida y acomodada gracias a los frutos de su ingenio poético adornaba sus cartas, siempre llenas de cariño.
Visto desde la perspectiva de nuestros días, la tarea de criar a un hijo por una mujer sola, casi sin recursos y con la zozobra causada por el encarcelamiento de su marido, parece una proeza enorme, digna de un personaje mitológico. Sin embargo, situaciones idénticas fueron vividas por multitud de mujeres españolas del siglo XX. El tiempo, con su inevitable paso, hizo que la situación cambiase en todos los sentidos hasta que esos momentos tan apurados quedaran muy lejos, pero no hay duda de que tanto sufrimiento debió de cambiar su forma de ser y afectó a su salud. Acaso en el futuro pueda llegar a saberse a ciencia cierta cuánto  acortó sus vidas.
Josefina Manresa, que sufría desde joven problemas oculares, al trabajar como costurera y modista vio cómo se agravaron y tuvo que afrontar años después una operación en Barcelona, pues estuvo en peligro de quedarse ciega. Desconocemos otros problemas de salud, pero es fácil pensar que tanta amargura y pesar dejó una profunda huella en su alma para el resto de su vida. Su esposo intentaba animarla en sus cartas, aunque la gravedad de la situación de ambos dejaba poco margen para el éxito de tan bienintencionada tarea.
El último capítulo de la vida de Miguel  comienza cuando es trasladado a la prisión de Alicante. Situada en el barrio de Benalúa, una de las hermanas de Josefina vivía en las proximidades y así pudo atender algunas de sus necesidades (lavado de ropa, comida).  Además, podrían verse con frecuencia. Él esperaba con ansia el reencuentro con su mujer y su hijo, y por eso es explicable la pequeña decepción que le supusieron pequeños detalles, como que la reacción de Josefina no fuese todo lo alegre que él esperaba o que su hijo lo “extrañase”, como se dice coloquialmente. Lo segundo es efecto propio de la edad y lo primero quizás se debiese a la desesperanza que causó a su esposa el lamentable estado de salud con el que el poeta regresó a su tierra. En todo caso, a la dureza propia de la privación de libertad se añadía el desarraigo familiar y las contrariedades que la acompañaban y que tanto daño podían causar en un corazón ya    lastimado.
En Alicante el estado de salud del poeta empeoró. O quizás fuese mejor decir que el curso inexorable de su enfermedad continuó quemando etapas hacia un desenlace casi inevitable. Se buscó la ayuda de doctores eminentes, alguno de los cuales la prestó desinteresadamente, pero poco podía ya hacerse. Cuenta el oriolano que, en una ocasión, uno de los galenos le colocó una cánula para drenarle un pulmón y que, de su interior, salió más de un litro y medio de pus. Se intentó su traslado a un hospital de Valencia; cuando se consiguió la autorización su estado era tan grave que lo hizo imposible.
En una de sus cartas cita al doctor Don Pedro Herrero. Ante una enfermedad del niño,  se lo recomienda a su esposa no solamente por su valía profesional sino también porque no iba a cobrarle. Este médico alicantino gozaba de gran prestigio profesional, a lo que unía una completa disposición  para atender a quien lo necesitase  y una generosidad sin límite hacia sus pacientes (era especialista en niños y partos, como rezaba el anuncio en prensa de su consulta). Pese a que ya hace casi cuarenta años que falleció, la sociedad alicantina sigue recordándolo con  admiración y respeto, e incluso se promueve su beatificación.
Mientras tanto, Josefina hacía todo lo posible por contribuir a la curación de su esposo; diariamente le llevaba la comida que precisaba: leche, huevos, caldo de “sustancia”, ceregumil … Era una lucha desigual contra la enfermedad que se había enseñoreado de su cuerpo. Resultan patéticas las cartas del poeta en las que le advierte que deje de llevarle determinado alimento, que antes le pedía con insistencia, porque ya no podía digerirlo o le sentaba mal. Muestra inequívoca de que el asedio al que estaba sometida su debilitada salud estaba empezando a dar su terrible resultado.
Ante el inminente final, y preocupado por el porvenir de su esposa e hijo, el poeta accedió a formalizar su unión con arreglo a la normativa del nuevo Estado con el fin de que su muerte no perjudicase aún más  a  quien más quería. Por entonces, la legislación distinguía entre hijos legítimos e ilegítimos, matrimoniales o no, y no reconocía derechos a las viudas de matrimonios civiles formalizados durante la IIª República. No  fue una celebración en ningún sentido de la palabra, apenas un acto protocolario en el que el esposo se encontraba en un estado lamentable. Fue una pequeña concesión al nuevo régimen por parte de quien, con anterioridad, rechazó la claudicación ideológica a cambio de mejorar su situación; lo cual, visto lo que sucedió después, podía significar que salvase su vida. Esa decisión heroica habla de los acendrados ideales democráticos de Miguel Hernández, por encima de su propia seguridad y bienestar.
La  muerte del poeta en la enfermería de la cárcel, en el mismo lugar donde ahora se yergue un monumento  dedicado a su memoria, reviste caracteres  tan trágicos que no es posible rememorarlos sin sentir un nudo en la garganta; se dice que sus ojos (los mismos que sin los de Josefina eran hormigueros solitarios) se negaban a cerrarse definitivamente. En el entierro fue acompañado por muy pocas personas, acentuando el patetismo de la muerte de un hombre joven, vencido por la ofensa continuada de los hechos, como diría el poeta Lois Pereiro. Josefina recuerda el paso del mínimo cortejo entre los bancales y que los que en ellos trabajaban detenían su labor a su paso como muestra de respeto y condolencia.
Si,  como ya hemos dicho la situación de Josefina era muy precaria, con la muerte de su marido empeoró porque hubo de enfrentarse sola a la tarea de sacar adelante  a su hijo. Comenzaba una nueva etapa en su vida, la más larga y en la que mostró unas cualidades humanas que la hacen merecedora del máximo respeto. Por las fotografías publicadas sabemos que llevó luto riguroso por lo menos hasta mediados de los años sesenta. Pero la fidelidad que más llama la atención es la que mantuvo respecto a la obra de su esposo, convirtiéndose en conservadora e incansable defensora de su legado. Por supuesto, por lo que pudiera significar de aportación de recursos que tanto precisaba; y, sobre todo, como una forma de que los ejemplos de su vida y sacrificio no fuesen olvidados. Tuvo especial cuidado en reunir los efectos personales y papeles del poeta y mantenerlos a salvo de terceros, a veces interesados en apropiárselos. Cuenta que, durante un tiempo, estuvo interesada en obtener la concesión de un estanco  y con esa finalidad visitó a un influyente clérigo oriolano- al que también había acudido para obtener la libertad de su marido-, y cómo desistió cuando su interlocutor se mostró muy interesado en que le entregase todos las obras originales de las que dispusiese.
Con el paso del tiempo, algunos estudiosos se acercaron a la viuda del poeta y entonces el gran interés en conservar su legado, y mantenerlo a salvo de los que pretendían condenarlo al olvido, se enfrentó al deseo de que alcanzase el reconocimiento  que merecía como el gran artista que había sido. En ese trance Josefina sufrió decepciones porque alguno de esos estudiosos no pudo evitar sucumbir a la tentación de no devolver documentos que había recibido en préstamo.
A esta altura del relato  ya sabemos que Josefina precisó la ayuda económica de amigos durante  años. Aún a riesgo de resultar injusto, pues no fue el único que la prestó, quisiera destacar en este ámbito al Premio Nobel Vicente Aleixandre con el que Miguel Hernández entabló una sincera amistad cuando ambos coincidieron en Madrid antes de 1936, mantenida después y ampliada a nuestra protagonista.
 En el libro “De Nobel a novel”, en el que se recoge la correspondencia mantenida por el matrimonio con el residente en la calle Velintonia,  destaca el inmenso respeto artístico y la entrañable camaradería  que sentía el poeta sevillano  hacia el de Alicante y, sobre todo, el interés que mostró siempre en contribuir en la medida de sus posibilidades a aliviar la situación económica de su familia, con aportaciones propias y desarrollando una gran actividad  para conseguir que otras personas también lo hicieran. Y no solamente a eso alcanzaba la colaboración del poeta de la generación del 27, pues ha quedado constancia escrita de que asesoró a Josefina en la relación con los editores españoles y extranjeros.
Del poeta gaditano Rafael Alberti cuenta Josefina que publicó en Sudamérica una selección de poemas de Miguel Hernández sin pedirle permiso ni darle participación en los eventuales beneficios. Ian Gibson, en el libro anteriormente citado, relata el enfrentamiento entre ambos que tuvo lugar en la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales Antifascistas por los preparativos de una fiesta. Hernández, que venía del frente y era sabedor de las penurias que  estaba pasando la población de la capital, mostró su desacuerdo con la opulencia que tenía ante sí, diciendo: “Aquí lo que hay es mucho hijo de puta y mucha puta”. Alberti, ofendido, lo conminó a que repitiese la frase y el poeta oriolano la escribió en una pizarra. En su libro de memorias Mª Teresa León, durante largos años compañera del gaditano, afirma que ella intervino en el incidente golpeando en la cara a Miguel, al parecer, con notable pericia.
El tiempo, que con su paso es capaz de curar las heridas y secar los árboles más robustos, siguió avanzando, y con su avance fueron quedando atrás las enormes fracturas que la Guerra Civil había causado en la sociedad española. Avanzó también para Josefina Manresa, afincada en Elche y dedicada a la confección para varias tiendas.
 Cuenta con cierta gracia que en alguna de ellas le habían prohibido que lo contase, para poder vender la ropa que hacía como moda de las más prestigiosas capitales. No cejaba en su labor de conservación del legado de su marido, que poco a poco iba siendo reconocido como uno de los poetas más importantes del siglo XX español. En los años sesenta volvió a su localidad natal gracias a Cesáreo Rodríguez Aguilera, magistrado natural como ella de la ciudad de Quesada. Como no estaba acostumbrada a los grandes trayectos en coche, terminó vomitando en el de su anfitrión, lo que le causó una enorme vergüenza. Quien, como yo, viajó en coche por las carreteras de la época comprende perfectamente la situación pues, sea por lo tortuoso de su trazado o por las propias condiciones de los vehículos, mantener en todo momento la boca cerrada era una auténtica misión imposible, digna del personaje que con pingües beneficios encarna Tom Cruise.
Pudiera parecer que, llegada a una edad avanzada, Josefina se vería recompensada de todos los afanes que ilustran este relato. Joan Manuel Serrat contó en una entrevista que, cuando publicó el disco en el que puso música a varios poemas de Miguel Hernández, acudió a presentarlo personalmente a su viuda y que tuvo que llevar, además del vinilo, el tocadiscos, pues ella no disponía en su casa de ese aparato.
Josefina murió en el año 1987, tres años después que su único hijo, como si el destino no quisiera privarla de ese postrero disgusto antes de llevársela para siempre. Ahora  los tres descansan juntos en el cementerio de Alicante. Se acabaron las privaciones, las ausencias y las cartas. Ya carece de sentido aquello que escribió Miguel Hernández: “Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo éste, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré”.

El legado del poeta, después de estar algunos años en Elche, viajó a Quesada, donde en la actualidad está abierto un museo a él dedicado.