miércoles, 8 de enero de 2014

FANNY MENDELSSOHN : EL ENIGMA DE LA CREATIVIDAD FEMENINA

 Siempre he admirado a Felix Mendelssohn, el genial pianista y compositor del Romanticismo. Mi estima por él se acrecentó cuando descubrí que, más que nadie en su época, reivindicó la memoria de Bach cuando ya no era más que un viejo maestro de los tiempos olvidados. Después llegó la sorpresa: Felix tenía una hermana, Fanny, con tanto o más talento que él para la interpretación y la composición y de la que, sin embargo, nunca antes había oído yo hablar. Y, finalmente, me embargó el desconcierto al saber que Felix, ya encumbrado como figura capital de la música del siglo XIX, no hizo nada para que el público pudiese conocer la obra de su hermana, a la que tanto quería y valoraba como artista. Una paradoja difícil de resolver, acerca de la relación entre la condición femenina y la creatividad artística, vertebra la historia del arte en Occidente. Fanny Mendelssohn, quizá más que ninguna otra compositora, padeció dolorosamente sus agudas contradicciones. Vamos a intentar arrojar algo de luz sobre este enigma, al tiempo que descubrimos datos sobre la interesante vida y obra de esta música apasionada e injustamente desconocida.

      1. Una niña prodigio nacida “con dedos para tocar fugas de Bach”

Los Mendelssohn eran una familia de judíos alemanes muy acaudalados, aunque si algo los caracterizaba especialmente era su pasión por la alta cultura. El abuelo, Moses Mendelssohn (1729-1786), fue un conocido filósofo. Abraham, el padre, era un próspero banquero y filántropo. Estaba casado con Lea Salomon, talentosa pianista, buena cantante y dotada de una destreza admirable para el dibujo. Hablaba francés e inglés y hasta leía a Homero en griego. Pero Fanny no sólo contó con Lea como modelo a imitar. La rama materna de la familia estaba cuajada de mujeres inteligentes y muy bien formadas. En el salón de su abuela, Fanny von Arnstein, se dieron cita pensadores y artistas de la Ilustración alemana. Y, sobre todo, podía enorgullecerse de su tía abuela Sarah Itzig Levy, una portentosa intérprete de clave que había estudiado con el hijo mayor de Bach, de quien coleccionaba manuscritos. Así que Fanny Cecilia vino a nacer en Hamburgo, el 14 de noviembre de 1805, en el seno de un clan muy musical. Su madre dijo, nada más ver a su primogénita, que había nacido “con dedos para tocar fugas de Bach”, y aquella ingeniosa frase resultó ser una auténtica profecía. Aunque los cuatro hijos de la familia tenían grandes aptitudes musicales, sólo Fanny y Felix caían dentro de la categoría de niños prodigio. Lea dirigió sus primeros pasos en el piano y, durante largo tiempo, supervisó su aprendizaje.
Felix Mendelssohn en su época de niño prodigio
En 1816, cuando Fanny tenía 10 años, durante una estancia de varios meses en París, ya comenzó a recibir lecciones de Madame Marie Bigot de Morogues, profesora favorita de Haydn y Beethoven. A su vuelta a Berlín, a donde la familia se había trasladado en 1812, Abraham buscó a los mejores profesionales para formar a sus hijos: Ignaz Moscheles, el mayor virtuoso del piano en su generación; Sir Georg Smart; Ludwig Berger, discípulo del gran Muzio Clemente y el más reconocido intérprete de Beethoven; el filólogo Karl Heyse, como tutor y profesor de ciencias; y, sobre todo, Carl Friedrich Zelter, íntimo amigo de Goethe y director de la Academia de Canto berlinesa, que les enseñó armonía, contrapunto y composición.


Zelter
 Zelter era consciente de que el talento de Fanny era incluso superior al de Felix. En una carta dirigida Goethe en 1816 escribió: “Esta niña es realmente algo especial”. Con 13 años asombró a sus profesores arreglando un oratorio de Haendel para orquesta completa. Su memoria era pasmosa: como regalo de cumpleaños para su progenitor, se aprendió los 24 preludios del Clave bien temperado de Bach. Pero no debemos pensar que esas increíbles capacidades eran debidas sólo a sus cualidades innatas. Con maneras propias de un patriarca bíblico, Abraham exigía a sus hijos una dedicación absoluta al estudio. A diario comenzaban a trabajar a las cinco de la madrugada y continuaban hasta las últimas horas de la tarde. Sólo los domingos tenían un momento de descanso: empezaban sus lecciones una hora más tarde, a las 6 de la mañana. Esa severa disciplina germánica fue la que hizo germinar la excelencia artística en ambos hermanos.

2.  Los primeros Domingos Musicales

Siguiendo el ejemplo de los Freitagsmusiken, los Viernes Musicales organizados por Zelter, en 1823 Abraham se lanzó a poner a prueba las dotes de sus retoños en una sesiones matinales, que tenían lugar cada dos domingos. Fanny y Felix se sentaban al piano, Rebecca cantaba y el pequeño Paul tocaba el cello. Lea enviaba invitaciones tanto a músicos locales como a personalidades prominentes para que acudieran a aquellos eventos, que contribuyeron en gran medida a animar la vida cultural berlinesa.
En los primeros años, el espacio disponible para la audiencia era limitado pero, en 1825, la familia adquirió una enorme propiedad en la Leipzigerstrasse, 3, a las afueras de Berlín. Contaba con una mansión familiar y una casa en el jardín, rodeada de preciosos parques en lo que, en su día, había sido un coto de caza del emperador Federico II. Con el tiempo, el edificio principal se convertiría en sede de la Cámara Alta del Parlamento prusiano. En el centro del jardín había una pérgola de techos pintados al fresco, con capacidad para varios cientos de invitados. Albergaba aquellos famosos Sonntagsmusiken en sus dependencias, abiertas a la naturaleza en verano y acristaladas en invierno. Los Mendelssohn no reparaban en gastos para dar magnificencia a los conciertos y así, para acompañar a los jóvenes artistas, contrataban a músicos de la Hofkapelle
Rahel Varnhagen
Dichas sesiones acabaron convirtiéndose en un frecuentado lugar de reunión de los intelectuales más destacados del momento: Hegel, el historiador Leopold Ranke, el folkorista Jacob Grimm, el literato E.T.A Hoffmann, los poetas Ludwig Tieck y Heinrich Heine, la escritora y salonnière Rahel Varnhagen (a la que Hanna Harendt dedicó una biografía), y músicos tan conocidos como Carl Maria von Weber o Ludwig Spohr. Todo el que era alguien en el ambiente cultural alemán, bullente de nuevas ideas y estilos, deseaba asistir a aquellos sonados acontecimientos dominicales.

3.  Una sociedad un tanto esquizofrénica


El joven Felix Mendelssohn
En 1825 Abraham ya había confirmado el inmenso talento artístico de Felix, que  entonces contaba 16 años, gracias a una visita al famoso Luigi Cherubini en París. El patriarca de los Mendelssohn no dejaba de ser un hombre de negocios, y aquella operación promocional de los Domingos musicales formaba parte de una bien orquestada campaña, cuyo fin era el lanzamiento de su segundo hijo a una carrera internacional. Sin embargo, pese a ser consciente de que Fanny no le andaba a la zaga, ya desde que cumplió 14 años su padre le venía advirtiendo, con creciente  insistencia, que nunca le permitiría dedicarse profesionalmente a la música: “Para ti [la música] sólo puede y debe ser un ornamento. Te debes preparar con más presteza e interés para tu verdadera llamada, la única vocación para una jovencita. Quiero decir el estado de ama de casa”…”La música debería ser un acabado, un adorno, y nunca una carrera para las mujeres”. Desde nuestra igualitaria perspectiva actual resulta escandaloso contemplar cómo un padre podía proporcionar a su hija una educación musical al máximo nivel para, acto seguido, cerrarle la puerta hacia el éxito y la fama. Sólo intentando penetrar en los arraigados prejuicios sociales de aquella era, seremos capaces de comprender la razón de semejante discriminación y perdonar a Abraham -quien sólo quería lo mejor para su amada Fanny Cecilia- que nos privara de una gran estrella musical femenina. Resumiendo el sentir de su época, Jean Jacques Rousseau dejó escrito: “La educación de las mujeres siempre debería ser relativa a los hombres. Agradar, sernos útiles, hacernos sentir amados y estimados, educarnos en nuestra niñez y cuidarnos cuando envejecemos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y gratas. Estos son los deberes de las mujeres en toda época y lo que se les debería enseñar en su infancia”. Siguiendo ese mismo razonamiento, Abraham Mendelssohn creía que la formación musical era muy estimable en una mujer pero siempre que la dedicara exclusivamente para hacer más agradable la vida de su esposo, como parte de sus obligaciones domésticas. En una carta que envió a Fanny en 1820, cuando la joven ya tenía 23 años, le espetó: “Las mujeres tienen una difícil tarea, la interminable atención a cada detalle, la apreciación de cada momento para algún beneficio u otro. Todo esto y más son los pesados deberes de una mujer”. 


Clara Schumann consiguió hacer carrera musical
En definitiva, proporcionar a una joven de alta cuna una elevada formación intelectual no era un medio para lograr el desarrollo pleno de sus facultades y con ello contribuir al avance de la humanidad, tal como lo entendemos ahora, sino un medio instrumental para el ocio en el hogar y la mejor educación de los hijos, especialmente los varones. Se consideraba de buen tono que la mujer desplegara sus habilidades musicales dentro del círculo de amistades y conocidos, sin salir de su propia casa, pero para las clases altas resultaba completamente impensable exhibir esos talentos delante de una audiencia anónima, reunida en un espacio colectivo. Mientras que los hombres creadores se enseñoreaban de la escena pública, compartiendo sus descubrimientos unos con otros, incentivándose mutuamente y disfrutando del aplauso de los espectadores, las mujeres dedicadas a la música, las artes plásticas o la literatura permanecían aisladas de sus pares. Ello impedía que se encendiera la chispa de la revolución artística con la puesta en común de ideas creativas. Faltaba también la respuesta apreciativa del auditorio, necesaria para fortalecer la autoestima de la personalidad creadora y, con ello, atreverse a dar el salto a propuestas cada vez más audaces. Ese aislamiento igualmente cercenaba la posibilidad de encontrar influencias útiles para consolidar la posición de las mujeres artistas en la sociedad. La dedicación prioritaria al hogar y los hijos restaba tiempo y continuidad a la producción creativa. Fanny, muy agobiada durante su vida marital, se quejaba de que la interrumpían constantemente, impidiéndole componer. Por ello, las mujeres artistas no podían aspirar a la profesionalización, quedando reducidas a simples amateurs. Además, si alguna se atrevía a enfrentarse al escenario, una multitud de obstáculos se agolpaban en su camino: una joven decente no podía salir a la calle si no era acompañada. Dar conciertos en una sala representaba un verdadero peligro para su moralidad y buenas costumbres, lo que excluía su posibilidad de casarse y, con ello, garantizar su sustento. En definitiva, el único espacio admisible para una fémina respetable, intérprete o compositora, era el salón de su casa. Pero ese confinamiento en un espacio acotado, a su vez, acarreaba una limitación en el tipo de composiciones en las que concentrar su trabajo: sólo podían ser piezas “domésticas”, de pequeño formato, como obras de cámara o lieder, canciones de tono íntimo, ideales para un público muy reducido. Ello apartaba automáticamente a las mujeres músicas de las grandes composiciones -ópera, música sacra, piezas para orquesta...-, que son las que siempre han medido la envergadura de un autor o intérprete. 


Fanny Mendelssohn
Todas estas dificultades se veían aún más sazonadas con unos prejuicios sociales casi insuperables acerca de la supuesta incapacidad artística de la mujer, para cuya sensibilidad infantil y enfermiza hasta podía resultar peligroso el arte. Sólo se las consideraba idóneas para el cuidado del hogar y los hijos. Una mujer intelectual que insistiera en defender públicamente su valía, era vista automáticamente como una aberración, un monstruo de feria, y se tenían por dignos de lástima a ella y a su familia. Por tanto, no es que a lo largo de la historia no existieran mujeres músicas con grandes dotes creativas sino que, acomplejadas, aisladas, desincentivadas, reducidas al espacio privado, limitadas en el alcance de su tarea creadora, la mayoría han quedado fuera de foco de atención de la Musicología. Esta disciplina se basa principalmente en obras y autores documentados y, en especial, en los que consiguieron dar un giro a la historia de la música. Con aquel oscuro panorama, se entiende que Fanny Mendelssohn solo fue capaz de sacar adelante una producción realmente extensa y valiosa  gracias a una enorme fuerza de voluntad y a la conciencia del valor de su obra.

4. Bach, Goethe y los judíos

La familia Mendelssohn tenía un poderoso motivo adicional para no contrariar las pautas vigentes entre la buena sociedad: eran judíos recientemente conversos al luteranismo, muy interesados en distanciarse de sus antecedentes religiosos mediante una estricta adhesión a la más rígida ortodoxia burguesa. En 1816 bautizaron a sus hijos y cambiaron su apellido, de inequívocas resonancias judías, por el más cristiano de Bartholdy, que había “comprado” unos años atrás el tío materno de Fanny. Aunque se trataba de sustituir uno por otro, Felix los usó simultáneamente y ambos han quedado inmortalizados junto a su nombre.
Goethe
Un momento particularmente feliz en la juventud de Fanny fue el encuentro con el anciano Goethe en Weimer. Recordemos que el mentor de los hermanos pianistas era Zelter, que alababa sin cesar ante Goethe sus maravillosas interpretaciones de Bach. Tanto le agradó Fanny, que escribió un poema en su honor. Ella, por su parte, compuso muchos lieder sobre poemas de Goethe, que siempre fue su autor favorito.

 Mientras tanto, Felix se estaba abriendo camino como intérprete profesional y, para esquivar discretamente la prohibición de publicar que el padre había impuesto a Fanny, se les ocurrió incluir secretamente sus piezas entre las de él. Así lo hizo en 1827 y 1830 con sus opus 8 y 9, entre los que figuraron cinco piezas vocales y una instrumental de Fanny, las cuales obtuvieron un gran aplauso social. Cuando un crítico inglés se enteró, a través de Felix, de la identidad de la autora, calificó sus canciones como exquisitas, suaves, cálidas y originales. Tanta fama reportaron a Felix que acabaron provocando un embarazoso equívoco. En 1842, en la recepción a la que Felix asistió en el palacio de Buckhingham, la Reina Victoria le confesó que su canción favorita era la Italiana y la interpretó para él. La honradez pudo más que la vergüenza y el atribulado compositor confesó ante la reina que la autora era su hermana, pidiéndole que tuviese la gentileza de cantar otra pieza de su propio repertorio.

5. Una etapa de cambios

 1829 fue un año muy importante en la vida de Fanny. Como Felix partió al extranjero para un largo viaje, hubo que poner fin a los domingos musicales. Sucedió también que, tras unos años de noviazgo, Fanny contrajo matrimonio con Wilhelm Hensel, pintor de la corte prusiana. En ese momento de doble desconcierto, por la partida de Felix, en el que tanto se apoyaba para componer, y por la asunción de sus nuevas responsabilidades como esposa, Fanny escribió: “Ya no estoy componiendo más canciones, al menos no de poetas modernos que conozco personalmente… Ahora comprendo lo que siempre he oído y lo que el filósofo Jean Paul ha dicho también: el Arte no es para las mujeres, sólo para las chicas; en el umbral de mi nueva vida dejo estos juegos”. Pero, afortunadamente, no lo hizo. No creía una sola palabra de ese absurdo discurso. De hecho, ella misma compuso la marcha de entrada para su boda. Como le falló la de salida, que había encargado a Felix -quien se encontraba en Inglaterra con una fractura en la pierna que le impidió asistir a la ceremonia- a requerimiento de su novio, Hensel, ella misma se sentó a escribir la marcha cuando ya estaban llegando los invitados a la ceremonia. Un detalle que define muy bien su desenvuelto talante creador. La suerte fue que Hensel creía que las composiciones de Fanny eran el complemento ideal a su propia creatividad como pintor y siempre la alentó para que diera a conocer su obra al público, incluso contra la oposición primero del padre y, más tarde, del hermano.
Los esposos Hensel
Un año después de la boda, Fanny dio a luz un hijo al que puso el nombre de sus tres compositores favoritos, Sebastian Ludwig Felix. Estaba claro que la música lo era todo para ella y, tras el obligado intermedio por la maternidad, en 1831 decidió recuperar ella sola los Domingos musicales.

6. Los nuevos Sonntagsmusiken

Johan Sebastian Bach, la figura más admirada por la familia Mendelssohn
Ahora Fanny era la gran protagonista. Dirigía y acompañaba a su propio coro de 20 cantantes, al que ocasionalmente se añadía una orquesta de instrumentistas amigos. Con esa plantilla se lanzaba a ambiciosos programas que incluían oratorios, arias de ópera, música de cámara de Bach, Mozart, Beethoven, Carl Maria von Weber y de su hermano Félix. Pero aún tenía más éxito cuando presentaba sus propias obras al piano solo, sus lieder y duetos. Fanny se multiplicaba para atender su casa y a su hijo, componer, ensayar con el coro, planificar los programas, dirigir a la masa coral y la orquesta, sentarse al piano… Hasta hacía copias de sus partituras para los amigos.


Con su ingente esfuerzo consiguió que aquellos eventos fuesen nuevamente ocasión de encuentro para la aristocracia intelectual. Por sus salones desfilaron Listz, Paganini, Clara Schumann, los dos hermanos Von Humboldt, Bettina von Arnim… deseosos de escuchar las últimas composiciones de Fanny. La buena acogida de aquella programación musical la estimulaba a componer obras de dimensiones cada vez mayores. Entre ellas se incluyeron cantatas y un oratorio, aunque las críticas de su admirado Felix la apartaron de la música sacra. En 1834 el viejo Abraham no tuvo más remedio que reconocer que la ubicua organizadora había alcanzado un grado de perfección insuperable. Llegó a poner en escena  la ópera de Gluck  Ifigenia en Taúride, y convocó a la orquesta completa del Teatro Königstadt. Los Domingos musicales intensificaron el papel cultural de Berlín, ciudad a la que el emperador Federico IV trató de colocar como el centro de poder. Mientras que la Academia de Canto sólo se ocupaba de presentar obras consideradas entonces como clásicas, el salón de Fanny acogía también la vanguardia, composiciones de autores contemporáneos. El crítico Rellstab dijo acerca de estas jornadas que enriquecieron la vida que artística de la ciudad. “Era un festival musical de la clase más inusual, en los que podían oírse meticulosas interpretaciones de obras clásicas de los antiguos y de tiempos modernos y no se sabía si el placer era mayor por las interpretaciones o por la mera presencia de los mejores músicos de Berlín o de aquellos que visitaban nuestra ciudad desde todas partes”.

7. Un periodo confuso

Abraham Mendelssohn por W. Hensel
 Pero la muerte del padre, en 1835, dio paso a un período de luto en el que se suspendieron aquellos estimulantes Domingos musicales y, nuevamente, el talento de Fanny quedó encerrado entre cuatro paredes, languideciendo durante una temporada. Felix se encontraba bien instalado en Leipzig y no tenía tiempo para visitar a Fanny y darle la inyección de autoestima que necesitaba para impulsar su trabajo. Muy pronto fue patente en su espíritu la sensación de desánimo. Nadie, salvo su esposo, estaba ya interesado en su música. Así escribió estas reveladoras palabras a un diplomático amigo: “Si nadie ofrece su opinión y se toma el más ligero interés en tu producción, con el tiempo no solo pierdes la gran ilusión puesta en ello sino también toda capacidad de juzgar su valor… No puedo evitar considerar un signo de talento que no lo abandone, aunque no encuentre a nadie que se tome interés en mis esfuerzos”. Con ese empeño incansable, tras un período de sequía compositiva, en 1836 envió a Felix unas nuevas obras que merecieron grandes alabanzas por su parte. Su esposo le había aconsejado que, si no encontraba audiencia, debería dar sus obras a la imprenta. Pero para entonces el ambivalente Felix había adoptado la misma posición que el padre. Consideraba que estaba fuera de lugar que su hermana, una dama de alcurnia, pusiera a circular su nombre en sociedad. Fanny esperó que cambiara de idea y se lanzó a publicar una canción. Las críticas fueron muy positivas: “Nada traiciona la mano de una mujer sino que permite mejor suponer un estudio serio, masculino del arte”. Felix se enfadó pero tal aceptación le llevó a darle su bendición y hasta incluyó una pieza de ella en uno de sus conciertos.

Felix Mendelssohn
Encantados con el éxito, el esposo y la madre de Fanny le pidieron que publicase más obras e impetraron la ayuda de Felix para ello. Él se mantuvo impasible. Sus palabras no son más que las falsas e hipócritas razones que se daba a sí mismo para dar preferencia a las convenciones sociales, traicionando la lealtad que debía a Fanny como hermana y como colega: "Por lo que sé de Fanny debo decir que no tiene inclinación y vocación para componer. Es demasiado mujer para ello. Atiende a su casa y nunca piensa en el público ni en el mundo musical ni en la música en absoluto hasta que sus deberes primeros están cumplidos. Publicar solo la distraería de ello y yo no puedo decir que lo apruebe.  Si ella decide publicar por su gusto o por agradar a Hensel, yo, como se suele decir, estoy listo para ayudarla en lo que pueda; pero animarla a algo que no considero correcto es algo que no puedo hacer”.
Fanny Mendelssohn
Estos intolerantes prejuicios anestesiaron el afán creador de Fanny, que no volvió a pensar en publicar durante los diez años siguientes. En su lugar volvió a los Domingos musicales, que cada vez tenían proporciones más grandiosas. Acudían muchos visitantes extranjeros y las estancias de la pérgola estaban siempre abarrotadas.

8. El viaje a Italia

Charles Gounod
 Entre 1839 y 1840 Fanny cumplió un deseo largamente soñado: viajar a Italia, donde se vio libre de las ataduras sociales de Berlín y pudo tratarse de igual a igual con músicos geniales que alabaron su obra, como el joven Charles Gounod. En sus Memóires el francés dejo esta viva descripción de Fanny: “Madame Hensel fue una músico más allá de toda comparación, destacada pianista, y mujer de mente privilegiada; menuda y delgada en persona, pero dotada de una energía que se translucía en sus ojos profundos y su ardiente mirada. Fue obsequiada con la rara habilidad de los grandes compositores. Monsieur y Madame Hensel acudían a la Academia los domingos por la tarde. Ella solía sentarse al piano con la elegancia y sencillez de aquellos que hacen música porque es algo que aman, y gracias a su maravilloso talento y prodigiosa memoria fui introducido al conocimiento de un puñado de obras de la música alemana de las que era absolutamente ignorante en aquella época, entre otras, una serie de piezas de Johan Sebastian Bach –sonatas, conciertos, fugas, y preludios, así como varias composiciones de Mendelssohn que fueron para mí la revelación de un mundo desconocido”.


Das Jahr
La experiencia supuso un fenomenal impulso para la creatividad de la autora: “Compongo muchísimo ahora porque nada me inspira más que las alabanzas, mientras que la censura me desanima y deprime”. A la vuelta a Berlín, entusiasmada, escribe una de sus obras más originales, Das Jahr (1840), en la que dibuja musicalmente cada mes del año. Las partituras estaban escritas en hojas de colores y fueron ilustradas por su esposo. Cada pieza venía acompañada de un corto poema.


En 1838, con 32 años, Fanny había dado su primer y único recital en público, interpretando el célebre Concierto número 1 para piano de su hermano. Y ese pequeño conato de rebelión contra las normas sociales, acrecentado con la euforia italiana, la llevó nuevamente a plantearse el dilema de si debía publicar o no. La favorable opinión del concejal y músico Robert von Keudell acabó por decidirla y, a espaldas del renuente Felix, comenzó a sacar a la luz los opus 1 a 7, con lieder, obras corales a capella y piezas para piano. Como la respuesta del público fue excelente, en 1846 se lanzó a escribir la que se considera su mejor obra: el Trío para piano, violín y cello, opus 11.

9. Pensamientos y canciones ascienden al reino del cielo

Tumba de Fanny
Entre tanto, Fanny seguía con su frenética actividad organizadora. Pero en 1847, mientras ensayaba el Oratorio de Felix La primera noche de Walpurgis, sufrió un derrame cerebral que le ocasionó la muerte. Su prematura desaparición, cuando sólo contaba 41 años, causó en su esposo una afectación tan grande que abandonó la pintura y hasta a su hijo, a quien pasó a cuidar su tía Rebecca. Igual fue el dolor de Felix, que se  sumió en una honda depresión y hasta dejó de componer: “Con su amabilidad y amor fue parte de cada momento de mi vida… Nunca, nunca seré capaz de acostumbrarme a ello”, escribió. Cuando pareció recuperarse, su música ya no era la misma. Dedicó a la memoria de su hermana el Cuarteto para cuerdas número 6 en Fa menor. La tragedia se cebó nuevamente en la familia Mendelssohn ese mismo año, llevándose también a Felix por la misma dolencia que había acabado la prometedora carrera de Fanny.
En la tumba de ésta figura como epitafio el verso de Eichendorff:  “Pensamientos y canciones ascienden al reino del cielo”. El crítico Rellstab, en su obituario, señaló que Fanny había compartido talento con su famoso hermano y alcanzado un nivel de conocimiento musical que muy pocos artistas profesionales podían reclamar. Pero, para mí, las palabras más bonitas sobre Fanny son las que muchos años atrás le había dirigido su hermano: “De verdad que sabes lo que Dios estaba pensando cuando inventó la música

10. El legado musical

Después de la muerte de Fanny, en 1850, se publicaron diversas partituras suyas pero, desde entonces hasta 1987, descendió un ominoso silencio sobre su obra. Podría esgrimirse una razón fundamental para ello: el mismo año de 1850 Richard Wagner publicó un panfleto antisemita, Los judíos en la música, que sintonizaba muy bien con el sentir popular dominante. Durante la égida nazi incluso fueron prohibidas las obras de Felix. Otra causa posible es la fuerte tendencia que registra la historia a esconder apresuradamente bajo la alfombra todos los casos que se apartan del modelo social hegemónico. Una mujer de clase alta con ambiciones profesionales resultaba inadmisible. Finalmente, se ha dicho también que la figura de Fanny se vio eclipsada por la sombra de Felix. Lo cierto es, sin embargo, que la compositora dejó una amplia producción, compuesta de  466 obras, de las cuales 200 eran lieder, comparables en número y calidad a los de conocidas figuras como Schubert, Brahms o Schumann. Sus “canciones sin palabras” (lied ohne worte) son equiparables a las de Felix, que llevó el género a su más perfecta expresión, y hasta se discute si, en realidad, no fue Fanny quien le precedió en el invento. La mayoría de esas obras permanece sin publicar, en bibliotecas y archivos privados. En los últimos años se está reivindicando la memoria de la autora como paradigma del papel de la mujer en la creación musical.

Incluyo dos enlaces para que podáis apreciar un poco el arte de Fanny: http://www.youtube.com/watch?v=ti1eZ2B63Ro Nocturno; http://www.youtube.com/watch?v=xAR_XTOJRSs  Gondellied


Fanny Mendelssohn
Fuentes consultadas: 

Me ha resultado de especial utilidad el artículo Fanny Mendelssohn Hensel. A life of music within domestic limits, de Eugene Gates. También he tomado datos de diversas biografías y artículos sobre Fanny en Portraits of Anomaly en Best Students, que relaciona sus obras más representativas; en Woman Composers; en la página de Furore Verlag, discográfica que se ha ocupado de la edición de sus obras; en Kinnor, que incluye enlaces a algunas de sus partituras; y en las biografías de Fanny, en inglés, y Felix, en español,  en Wikipedia.

Este artículo está dedicado a mi querida amiga Remedios Parrilla, lectora atenta y exquisita. con sumo afecto y consideración.
Esta entrada fue originariamente publicada en el blog Espíritu y cuerpo. Si queréis acceder a los muy interesantes comentarios realizados a su contenido, podéis acceder aquí:http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2013/12/fanny-mendelssohn-1805-1847-el-enigma.html

2 comentarios:

  1. Una preciosa entrada que muestra,una vez más el velo de silencio que se ha hecho en la cultura sobre las creaciones femeninas y la contribución a su engrandecimiento.El caso de Fan y es especialmente aleccionador acerca de las enormes dificultades de las mujeres para desarrollar sus capacidades creadoras, y eso que hablamos de una época en la que se pretende sacar a la humanidad de las tinieblas de la ignorancia. Especialmente escandaloso me parece el caso de Kant,quien, a pesar de reconocer la inalienable dignidad del ser humano, tiene una pobre visión de la mujer,como ser dotado de un alma menos desarrollada que la del hombre. En su libro*El harén en Occidente*,la socióloga marroquí Fatema Mernissi cuenta la perplejidad que le produjo conocer estas ideas, y que en sus propias palabras resume así:"Según Kant,el cerebro de una mujer "normal" está programado para "el sentimiento más fino".La mujer debe dejaron para los hombres"la comprensión profunda de especulaciones abstractas o las ramas del conocimiento que son útiles pero áridas".
    Con ello podemos sospechar que lo que dejaron hacer a Fan y fue porque estaba dentro de la música, actividad que, como necesitada de sensibilidad y creadora de belleza,entraba dentro de la esfera considerada femenina en la época, y aun así, las dificultades y trabas no fueron pequeñas. Por ello,me parece magnifica la iniciativa de este blog de dar voz a todas las silenciadas de la historia.

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  2. Mi amigo Jose Ignacio González Lorenzo ha tenido la generosidad de dedicarme su tiempo y grandes conocimientos sobre historia y música en un comentario que merece la pena compartia aquí con todos:

    Sobre el papel de la mujer en la sociedad permíteme una observación. No debemos dejarnos engañar por la teoría. Machismo ha habido siempre, la teoría medieval era machista, pero en la práctica las cosas no eran totalmente así. La sociedad medieval era un mundo de hombres, esto es cierto, pero también es verdad que eran sociedades precarias en que la división social del trabajo era una exigencia vital. Una mujer apenas alcanzaba una esperanza de vida de 40 años, y necesitaba de diez embarazos para asegurarse que 2 o 3 hijos alcanzasen la edad adulta debido a abortos, mortalidad infantil, epidemias, hambrunas y mortandades. Además, tenían que alargar la lactancia por sus virtudes y como remedio de muchas carencias. Si a ello sumamos que alimentos, vestidos y muchos útiles se fabricaban en el hogar, o que ciertos trabajos domésticos exigían un gran esfuerzo en tiempo y energía, no parece que les sobrara mucho tiempo. ¿Qué tiene que ver esta existencia con la de las mujeres de hoy que pueden tener un sólo hijo y una esperanza de vida de 80 años? ¿Y aquéllas casas con las actuales rebosantes de todo tipo de electrodomésticos? Hoy día lavar es darle al botón de la lavadora; antiguamente, había que empezar por fabricar el jabón, luego irse al río o a la fuente pública, blanquear la ropa, etc., casi una jornada completa. Y así con todo lo demás.



    La práctica medieval admitía, sin embargo, que las mujeres desempeñasen cualquier rol relevante social y políticamente en los casos en que faltara el varón (y aún un papel religioso como abadesas-obispos, a veces gobernando monasterios dúplices de hombres y mujeres, como el de Fontevrault de Leonor de Aquitania). La Ley Sálica no deja de ser una práctica moderna. Las reinas titulares medievales desempeñaron un papel de primera fila en la historia y a ningún contemporáneo se le ocurrió (ni se atrevió a) ningunearlas, buenas eran las Leonor de Aquitania, Blanca o Isabel de Castilla. Incluso en los concejos, las viudas o hijas únicas eran cabezas de familia de pleno derecho. Los hijos seguían el apellido del padre o de la madre indistintamente, ni siquiera los hermanos tenían que tener los mismos apellidos. En la práctica, insisto, a nadie se le ocurría discutir la relevancia de una mujer destacada por el mero hecho de ser mujer. Citas muy bien a Hildegard von Bingen, y lo mismo se podría decir de la mayoría de las mujeres conocidas medievales, muy seguras de su valer: Eloísa, Leonor de Aquitania, Juana de Arco... y Christine de Pizan, auténtica feminista avant la lettre, y que polemizó al respecto con Boccaccio. Por cierto, Christine compuso uno de los poemas de amor más desgarradores (Dueil angoisseux) por la muerte del amado, su marido, al que le puso música años después Gilles Binchois en una canción arrebatadora.



    El problema histórico viene cuando las sociedades alcanzan un cierto grado de desarrollo económico y esa división del trabajo ya no es totalmente necesaria y es entonces cuando se niega la realidad de la mujer: la mujer no puede hacer las mismas cosas de los hombres porque es inferior. ¡No era ese el punto de partida ni la práctica medieval La mujer hacía los trabajos domésticos (muy pesados y laboriosos) porque era lo más eficaz desde el punto de vista económico ya que podía compaginarlos con la crianza. Pero las mujeres privilegiadas que estaban liberadas de esos problemas asumieron otros roles. El machismo es un fenómeno moderno y a medida que la sociedad se hizo más desarrollada (y la relegación de la mujer menos necesaria), el machismo se hizo más violento.

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